lunes, 2 de julio de 2012

La “herencia de los libros de texto”


Los hermanos que “veníamos detrás”, nos pasamos casi todos los cursos (podría haber puesto todos, pero queda mejor casi todos, por no generalizar, sin haberlo comprobado exhaustivamente) con los libros “sobados y subrayados”, como dice JGJ, y si no llegaban a estar "churritosos", sí que los heredábamos bastante "trabajados" y pintarrajeados, y eso ¡desde el primer día del curso!. Una verdadera discriminación, sobre todo cuando veías a los compañeros con “todo el material” nuevo e inmaculado…...

Y los heredábamos, además, con los nombres puestos (los del hermano mayor, ¡claro!) en esa primera hoja tras la tapa (¿cual es la denominación adecuada de esa 3ª?), y para más “inri” el nombre y apellido estaba escrito a tinta (o a bolígrafo, que para el momento en que hicimos los cursos “superiores” a existía ese elemento para escribir, estando generalizado su uso o no), y para que oficialmente pasaran a ser de nuestra propiedad, había que tachar tanto el nombre como la letra del curso para poner los nuestros (en mi caso había que pasar del “C” al “A”, ya que era difícil de hacer esa transformación sin que se notase mucho). ¡Si al menos solo hubieran escrito el apellido...! Pero no, el nombre completo....  y en aquella época no existía el “tipex”. Si se intentaba borrar, (con aquellas gomas de borrar “mixtas”, -no recuerdo la marca-, esto es las que llevaban por una parte una zona blanca, más blanda, para lápiz- y por la otra una zona más oscura, dura y más rugosa, que decían servía para borrar “lo escrito a tinta”), decía un poco más arriba, que si se intentaba borrar lo de tinta, comenzaba poniéndose todo oscurecido (casi emborronado), para después empezar a salir unas, a modo de, pelotillas canijas de papel (procedentes más de la labor de “lijado” que del borrado), hasta que, si seguías, aparecía el temido desgarrón en la página……

Luego nos encontrábamos con otra dificultad. La de la lógica evolución de temarios, que no necesariamente estaba asociada a un cambio de plan de estudios o de estructura de la asignatura. En muchos casos se mantenía el nombre del libro, pero…¡entre la edición actual y las precedentes (en mi caso 4 cursos, una enormidad), no es que ni la historia, ni el latín, ni siquiera a literatura, hubieran cambiado, pero el autor se había dignado a introducir algunas “mejoras”, supongo que bienintencionadas, corrigiendo erratas o reflejando aclaraciones para hacer más comprensible la materia para nuestras delicadas mentes infantiles y juveniles, pero que a mí, ahora, desde la perspectiva del tiempo pasado, (y el colmillo retorcido que me queda después de la lucha profesional que llevo en la chepa), me parece que tenían la sana intención de hacer caja (y obtener así unos ingresos adicionales con los que incrementar la tradicionalmente escasa remuneración del profesorado).

Por tanto, los que éramos “pertinaces” en utilizar “voluntariamente” y contra toda recomendación, los libros heredados (valga esto también, para aquellos que dándose un paseo hasta los aledaños de la Gran Vía -por entonces Avenida de José Antonio-, se acercaban a La Felipa a conseguir el mismo libro, en edición anterior, a un precio “módico”, pero con similares “añadidos a tinta”, eso sí, no realizados por tu hermano…..), nos encontrábamos en la necesidad de revisar concienzuda y periódicamente los libros “nuevos” de los compañeros, para detectar cambios, que, con rapidez pasábamos al margen de la correspondiente página del nuestro (en caso de cambios menores), o que copiábamos con mucho cuidado y detalle en hoja aparte, caso de tratarse de un “añadido” de mayor cuantía….. Las erratas, solían corregirse, al ser detectadas, con tachón y sobreescritura, con lo que el libro quedaba aún más cochambroso. Y algunas veces, nos llevábamos la sorpresa de que la errata ¡ya estaba corregida por nuestro hermano mayor!. Bondad de los profesores que, en lugar de callárselo para “pillar” posteriormente a los que no hubiesen atendido en clase (solo por este motivo, ese tema hubiera sido candidato a salir en un examen), lo comunicaban en voz alta, indicando claramente lo que se debía corregir... ¡Benditos ellos!

Lo que más nos despistaba a los agraciados con “la herencia de libros” era cuando el libro, normalmente al final de cada capítulo, contenía ejercicios, y el profe con la buena intención de que practicásemos la materia, nos decía, ya al finalizar la clase: “para mañana los ejercicios 1 al 10 de este tema”. Eso significaba trabajo extra pues había que “decomisar temporalmente” el libro del compañero más cercano, convencerlo para que no saliera corriendo, si es que se trataba de clase a última hora, y revisar con cuidado el enunciado de todos los ejercicios ¡y todas las cifras que podían incluir!, para en su caso realizar una copia rápida de los mismos.  ¡Que buen invento el de la fotocopia, aún a costa del copyright….! Más de una vez descubrí tarde, por precipitación, dejadez o exceso de confianza, el haber trabajado el día anterior en balde….. ¡los ejercicios que yo traía resueltos no se parecían ni por el forro, con los que había que realizar! Algunas otras veces el trabajo lo llevaba adelantado, pues el único cambio que el autor había introducido en ellos se limitaba a reordenar los ejercicios. En estos casos, el único trabajo perdido era el de haber realizado la “copia a mano”, pero su resolución ¡ya la tenía!. De todas maneras, supongo que en caso de ser una operación repetida en varios capítulos, pronto descubriríamos la “treta del autor”…

Pero no todo eran inconvenientes y dificultades…., la herencia también proporcionaba beneficios. A veces (generalmente pocas) contábamos con el apoyo inestimable de la mayor ciencia del hermano mayor, que nos trasmitía sus experiencias… “eso cae” ¡Artículo de fe, había que estudiárselo bien!, o nos aprovechábamos de su “haber pasado por eso”, cuando investigábamos con espíritu de grafólogo (o de boticario antiguo, que podían hasta descifrar las recetas “encriptadas” de los médicos) las notas tomadas por nuestro hermano “a vuela pluma” en cualquier esquina o margen, e intentábamos descubrir la necesidad e importancia de tal apunte….., y detectábamos esa conexión no suficientemente bien explicada en el libro, con la que se pasaba de una fórmula a otra…..

Sin embargo el mejor “éxito” de cualquier hermano menor que se preciase de tal, consistía en localizar el cuaderno de ejercicios del hermano mayor (en el que se recogían, para todo el curso, los ejercicios resueltos, los errores más frecuentes “ya corregidos”, y demás “tesoros” de precio incalculable). Operación ésta, la del “descubrimiento” (y recuperación del cuaderno) no siempre sencilla y exenta de riesgos, pues los padres (que, como refleja el dicho, han sido “cocineros antes que frailes”), al detectar una pausa prolongada u holganza a la hora de “hacer deberes”, revisaban, con intuición y profesionalidad de CSI, la mesa de trabajo del desprevenido hijo menor a la caza del susodicho cuaderno, con perjudiciales consecuencias para el interfecto.
En mi caso, como supongo hubo reincidencias, la solución adoptada en casa fue (injusta a todas luces, pero eficaz a la hora de que, con el propio esfuerzo y habilidad, lograra llegar a ser un hombre de provecho, cosa que no se si consiguieron completamente), la confiscación preventiva de todo material susceptible de ser aprovechado eficazmente por el siguiente hijo…, en este caso “Yo”. Con mi hermana no hubo necesidad, pues era niña, iba a otro colegio –el Ramiro seguía siendo solo de chicos-, y además al haber pasado otros 3 años, ya no había nada medianamente aprovechable…..

Otras veces, el hallazgo ¡importante! se refería a “algo” que normalmente se encontraba escondido entre las páginas menos manoseadas, (las últimas del libro, por lo general) y que podía tratarse de algún papel olvidado, con anotaciones personales comprometidas, (tales como el nombre repetido de alguna chica próximo al dibujo de corazones ensartados por las flechas de Cupido, u otras bobadas similares), con los que creíamos haber descubierto sus más íntimos secretos….. ¡Vana creencia, pues el contenido de aquel papel seguro hacía tiempo que había dejado de tener valor extorsionador…!. De todas maneras los hermanos mayores habrían desarrollado, tras algún intento fallido al respecto, una habilidad especial y revisarían minuciosamente los libros al terminar los cursos….

Paso ahora a contaros algo, que supongo algunos también recordaréis. Fue con motivo del cambio de orientación en la asignatura de F.E.N. (no tengo que aclarar que esas siglas respondían a Formación del Espíritu Nacional, ¿verdad?), cuando de áridos textos de “puro adoctrinamiento” del régimen imperante, cambiaron a libros en que el intento de aleccionamiento se realizaba en base a comentarios de textos. Pues bien, unos cuantos compañeros (todos con hermanos mayores) entre los que me encontraba, conseguimos “continuar con el plan antiguo”, es decir, seguir con los libros de nuestros hermanos mayores, y tragarnos los Principios del movimiento y la importancia de los sindicatos verticales…., me imagino que con gran contento de nuestros profesores de F.E.N., sobre todos los más “fachas”….

Acabo comentando, que había un elemento heredado, que se encontraba en el interior de un libro y que los que teníamos hermanos mayores, lo heredábamos, en sucesivas generaciones, (por mucha prole que hubiera en una familia) siempre impoluto, casi virgen de manchas, subrayados y otros aditamentos. Se trataba, como bien os habéis podido imaginar, del ya citado en alguna otra ocasión, “programa”, del que siempre recuerdo el de la asignatura de Religión, que acompañaba al libro de Monseñor Gabino, y que éste, al comienzo de cada curso, amable y pertinazmente, nos invitaba a comprar, indicando junto al título del libro, el esperado  “…. de Gabino López Morán, ¡con programa!”.

Vicente (nuestro Ramos, ¿quién si no?), a raíz de una consulta privada que le hice respecto al tema de la herencia, me indicó que no solo heredaba los libros, sino también la ropa, pero ese es otro tema. ¡Quede para mejor ocasión!

1 comentario:

  1. Muy bueno, Paco!!
    Efectivamente, heredaba los libros, alguna ropa en buen estado, el conocimiento del hermano mayor (José Ramón) que permitía no tropezar en las piedras que él ya había tropezado y hasta llegué a heredar su moto Ducati a los 18 años.

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